En agradecimiento por haber acabado con los monstruos y haber recobrado las reliquias budistas, el rey del Reino del Sacrificio quiso entregar a Tripitaka y a sus compañeros una gran cantidad de oro y jade, que ellos rechazaron cortésmente.
A la mañana siguiente, temprano, el monje Tang y sus dos discípulos llevaron al rey los dos duendes capturados.
Dijo Tripitaka: “Cuando salí de Chang An, prometí en el Salón de las Puertas de la Ley que no pasaría por un templo sin quemar un poco de incienso, ni por un monasterio sin presentar mis respetos a Buda, ni por una pagoda sin barrer su atrio o los incontables escalones de su torre.”
Una vez que consiguieron hacerse con el abanico de plátano, Tripitaka y sus discípulos apagaron con él las llamas de aquella inmensa Montaña de Fuego, lograron recorrer en un solo día la distancia de ochocientas millas.
No tardó en llegar, el Rey Toro, a lomos de una nube, a la Caverna de Plátano en la Montaña de la Nube de Jade.
El Rey Mono hizo todo lo posible por escapar de aquella potentísima corriente de aire, pero ni siquiera consiguió rozar el suelo.
El tiempo pasó a la velocidad de una flecha y las estaciones se sucedieron unas a otras con la rapidez con que se mueve la rueca de un tejedor.