Tras escapar a la amenaza de los abrojos y las espinas y al enmarañamiento de los espíritus de los árboles, continuaron su camino en dirección al Oeste.
En agradecimiento por haber acabado con los monstruos y haber recobrado las reliquias budistas, el rey del Reino del Sacrificio quiso entregar a Tripitaka y a sus compañeros una gran cantidad de oro y jade, que ellos rechazaron cortésmente.
En la última batalla, el Rey Dragón fue engañado y asesinado. Pero Wukong y Bajie no creyeron oportuno correr tras los restos.
Al ver la facilidad con la que Bajie caía en las garras del monstruo, el Rey Mono no pudo por menos de pensar:
A la mañana siguiente, temprano, el monje Tang y sus dos discípulos llevaron al rey los dos duendes capturados.
Dijo Tripitaka: “Cuando salí de Chang An, prometí en el Salón de las Puertas de la Ley que no pasaría por un templo sin quemar un poco de incienso, ni por un monasterio sin presentar mis respetos a Buda, ni por una pagoda sin barrer su atrio o los incontables escalones de su torre.”
Una vez que consiguieron hacerse con el abanico de plátano, Tripitaka y sus discípulos apagaron con él las llamas de aquella inmensa Montaña de Fuego, lograron recorrer en un solo día la distancia de ochocientas millas.
Tripitaka y el Bonzo Sha esperaban impacientes el regreso de Wukong, ora sentados junto al camino, ora dando vueltas como animales enjaulados.