Por la mañana temprano, el monje Tang vistió la túnica de los bordados, mientras Wukong preparaba el documento de viaje, Wujing echaba mano del cuenco para pedir limosnas y Wuneng cogía su bastón.
Un joven taoísta se puso a gritar como un loco, al tiempo que golpeaba sin parar la puerta de los aposentos de sus maestros.
Wukong, Bajie y Bonzo Sha descendieron de la nube y dirigirse al interior del Templo de los Tres Puros.
Exclamó el Rey Mono: “¡Eso lo explica todo! ¿Por qué no os habéis escapado y asunto concluido?”
En cuanto cruzaron el Río Negro, el maestro y sus discípulos prosiguieron su marcha hacia el occidente, enfrentándose a la escarcha y la nieve.
Tras despedirse del viejo dragón, el Rey Mono se dirigió hacia Río Negro, acompañado de Mo Ang, llegando en un abrir y cerrar ojos a sus orillas.