En este capítulo, Laozi plantea tres principios sumamente importantes para conducirse en la vida y relacionarse con los demás.
Quien conoce su esencia masculina,
y se mantiene en el principio femenino,
es como el arroyo del mundo.
Mientras sea como el arroyo del mundo
la virtud eterna no lo abandonará,
y retornará a la infancia.
Quien conoce su propia blancura,
y se mantiene en la oscuridad,
es como ser el modelo del mundo.
Mientras sea como el modelo del mundo,
la virtud eterno no se alterará en él,
y retornará a lo absoluto.
Quien conoce su gloria,
y se mantiene en la desgracia,
es como el valle del mundo.
Mientras sea como el valle del mundo
la virtud eterna le colmará
y retornará a la sencillez.
Lo sencillo, cuando se divide,
modela todos los útiles.
El sabio, cuando gobierna
rige a todos los ministros
y así conserva la unidad.
- Aunque es poderoso y capaz de vencer al oponente mediante la fuerza y la lucha, se muestra débil y se dedica a resolver contradicciones por medios pacíficos.
- Aunque percibe todo con aguda claridad, oculta hábilmente su perspicacia y aparenta ignorancia.
- Aunque ocupa una posición honorable, abandona su estatus y se comporta con humildad en el trato con los demás.
Todas las cosas se forman a través del funcionamiento del Dao, cada una con características únicas. El Dao nutre y genera todas las cosas para manifestar su función.
El sabio respeta las cualidades inherentes de todos los seres, permitiendo que cada uno cumpla su función sin forzar la ruptura de sus conexiones orgánicas ni dañar la integridad de todos los seres.
Al seguir sus principios, coordinar y aprovechar integralmente los recursos naturales sin fragmentarlos mecánicamente, se alcanza la sabiduría y el reinado virtuoso.
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