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Por la mañana temprano, el monje Tang vistió la túnica de los bordados, mientras Wukong preparaba el documento de viaje, Wujing echaba mano del cuenco para pedir limosnas y Wuneng cogía su bastón.
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Un joven taoísta se puso a gritar como un loco, al tiempo que golpeaba sin parar la puerta de los aposentos de sus maestros.