Elevándose por encima de las nubes, Wukong se dirigió hacia el lugar donde había dejado al monje Tang.
Sun Wukong se adentró valientemente en el interior de la caverna. A medida que avanzaba iba descubriendo montones cada vez más numerosos de esqueletos, que hacían pensar en auténticos bosques de huesos.
Les arrancó las placas con los nombres. Recogió el badajo de madera y las campanas. Cogió a continuación el estandarte y se lo cargó a la espalda.
El Rey Mono se convirtió en un diablillo, empezó a correr tras él, haciendo sonar los mismos trozos de madera y musitando exactamente las mismas palabras.