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El Rey Momo montó en su nube y se dirigió hacia el Palacio del Aura Rojiza.
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El Rey Mono se vio obligado a huir con las manos vacías y el sabor de la derrota en el corazón.
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Cuando, por fin, regresó Wukong al punto de la montaña en que había dejado al monje Tang y a los demás, se encontró con que no había nadie; todos se habían ido.