Wukong se da cuenta de que le han engañado, pero no se desanima.
El Rey Mono hizo todo lo posible por escapar de aquella potentísima corriente de aire, pero ni siquiera consiguió rozar el suelo.
El tiempo pasó a la velocidad de una flecha y las estaciones se sucedieron unas a otras con la rapidez con que se mueve la rueca de un tejedor.