Wukong continuaba encerrado en el interior de los címbalos de oro. La oscuridad era total y hacía un calor tan asfixiante que el sudor cubrió pronto todo su cuerpo.
Tras escapar a la amenaza de los abrojos y las espinas y al enmarañamiento de los espíritus de los árboles, continuaron su camino en dirección al Oeste.